Viernes 23, Junio, 2017

El hombre de la mascara de hierro – Alejandro Dumas

El hombre de la mascara de hierro – Alejandro Dumas

Al llegar la carroza ante la puerta primera de la Bastilla, se paró a intimación de un centinela, pero en cuanto DArtagnan hubo dicho dos palabras, levantóse la consigna y la carroza entró y tomó hacia el patio del gobier-no. DArtagnan, cuya mirada de lince lo veía todo, aun al través de los muros, exclamó de repente: –– ¿Qué veo? ––¿Qué veis, amigo mío? ––preguntó Athos con tranquilidad. ––Mirad allá abajo. ––¿En el patio? ––Sí, pronto. ––Veo una carroza; habrán traído algún desventurado preso como yo. ––Apostaría que es él, Athos. ––¿Quién? ––Aramis. ––¡Qué! ¿Aramis preso? No puede ser. ––Yo no os digo que esté preso, pues en la carroza no va nadie más. ––¿Qué hace aquí, pues? ––Conoce al gobernador Baisemeaux, ––respondió DArtagnan con socarronería: ––llegamos a tiempo. ––¿Para qué? ––Para ver. ––Siento de veras este encuentro, ––repuso Athos, ––al verme, Aramis se sentirá contrariado, primeramente de verme, y luego de ser visto. ––Muy bien hablado. ––Por desgracia, cuando uno encuentra a alguien en la Bastilla, no hay modo de retroceder. ––Se me ocurre una idea, Athos, ––repuso el mosquetero; –– hagamos por evitar la contrariedad de Aramis. ––¿De qué manera? ––Haciendo lo que yo os diga, o más bien dejando que yo me explique a mi modo. No quiero recomendaros que mintáis, pues os sería imposible. ––Entonces?... ––Yo mentiré por dos,, como gascón que soy. Athos se sonrió. Entretanto la carroza se detuvo al pie de la puerta del gobierno. ––¿De acuerdo? ––preguntó DArtagnan en voz queda, Athos hizo una señal afirmativa con la cabeza, y, junto con DArtagnan, echó escalera arriba. ––¿Por qué casualidad?... ––dijo Aramis. ––Eso iba yo a preguntaros,––interrumpió DArtagnan. ––¿Acaso nos constituimos presos todos? ––exclamó Aramis esforzándose en reírse. ––¡Je! eje! ––exclamó el mosquetero, ––la verdad es que las paredes huelen a prisión, que apesta. Señor de Baisemeaux, supongo que no habéis olvidado que el otro día me convidasteis a comer. ––¡Yo! ––exclamó el gobernador. ––¡Hombre! no parece sino que os toma de sorpresa. ¿Vos no lo recordáis? Baisemeaux, miró a Aramis, que a su vez le miró también a él, y acabó por decir con tartamuda lengua: ––Es verdad... me alegro... pero... palabra... que no... ¡Maldita sea mi memoria! ––De eso tengo yo la culpa, ––exclamó DArtagnan haciendo que se enfadaba. ––¿De qué? ––De acordarme por lo que se ve. ––No os formalicéis, capitán, ––dijo Baisemeaux abalanzándose al gascón; ––soy el hombre más desmemo-riado del reino. Sacadme de mi palomar, y no soy bueno para nada. ––Bueno, el caso es que ahora lo recordáis, ¿no es eso? ––repuso DArtagnan con la mayor impasibilidad. ––Sí, lo recuerdo,––respondió Baisemeaux titubeando. ––Fue en palacio donde me contasteis qué sé yo que cuentos de cuentas con los señores Louvieres y Trem-blay. ––Ya, ya. ––Y respecto a las atenciones del señor de Herblay para con vos. ––¡Ah! ––exclamó Aramis mirando de hito en hito al gobernador, ––¿y vos decís que no tenéis memoria, se-ñor Baisemeaux? "El hombre de la mascara de hierro - Alejandro Dumas". Nombre de Archivo: "El hombre de la mascara de hierro - Alejandro Dumas.epub" Size: "532.14 KB"

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